LA COLUMNA DE MARIO

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por Mario Mazzitelli
Mario Mazzitelli (@mariomazzitelli) | Twitter
Nos tocó un planeta pequeño.
La superficie de la tierra, sobre la cual vivimos, es de apenas 510 millones de km2. Si júpiter hubiera sido nuestro lugar de desarrollo, porque allí se hubieran dado las condiciones para la vida y, suponiendo, que fuéramos nosotros mismos y nuestro orden económico el mismo; habríamos contado con una superficie 120 veces mayor, es decir de 61.420 millones de km2.
Dicho en otros términos, el capitalismo explotador de personas y ambiente, todavía tendría enormes posibilidades de seguir haciéndolo.
Pero nos tocó un planeta más pequeño que impide, en estos tiempos del desarrollo, la pretensión de seguir avasallándolo sin que nos responda de manera catastrófica.
El manejo de las dimensiones siempre parece oportuno. Por ejemplo: las puntas científico-tecnológicas de nuestros días aparecen a distancias cósmicas “del hacha de empuñadura más antigua encontrada hasta la fecha, cuyo origen se remonta a 49.000 años”. Desde hace apenas 10.000 años, con el nacimiento de la agricultura, todo se aceleró. Igual, nos parece lento, si tomamos los últimos 250 años con la incorporación de la máquina a vapor, etc. Ni hablar los últimos 20 años, donde la digitalización fue avanzando en todos los terrenos. Esto nos debería inducir a pensar ¡Cuán atrasados estamos respecto al 2050! Ni hablar si pensamos a 100 años vista, es decir el 2120.
Si hoy es pequeño el planeta ¿Qué dirán las futuras generaciones?
Hay pocas probabilidades que encontremos otro lugar donde vivir durante los próximos siglos.
Tenemos ante nosotros el dilema de ¡Ir por todo! Dejando desamparadas a las próximas generaciones o empezar a sanar “la vida” sobre el planeta; aunque esto tenga un costo.
¿Cuál sería ese costo? Seguramente cambiar el capitalismo depredador por otro sistema amigable con las personas y el ambiente. Bajar el consumo de aquellos que lo hacen desmedidamente. Ser más justos en la distribución de los bienes y servicios necesarios para la vida. Administrar la tasa de natalidad de manera inteligente. Orientar el crecimiento económico y el desarrollo por caminos sustentables, que faciliten la restauración, reparación o recreación de aquello que sea posible. Defender el aire, el agua y la tierra con gran esmero. Generar nuevos hábitats amigables con el ambiente. En fin, sabemos que vamos a pagar un costo.
¿Estamos dispuestos a hacerlo? No sé. A mí me entusiasma. Me recuerda aquella canción “volver a la naturaleza sería su mayor riqueza”. Sacar un poco la mirada de las mercaderías, sentir que acumular objetos inútiles no tiene gran sentido, que podemos vivir en abundancia con pocas cosas. Que la vida siempre tiene sentido. Que dignificarla y multiplicarla es nuestra misión. Que la alegría es mejor que el dolor, aunque nada sea para siempre y nada sea evitable. Pero que se puede vivir mejor. Y eso es muy bueno y vale la pena pagar el precio de invertir horas con ese objeto.
Por lo menos, por el tiempo que nos lleve encontrar otros planetas donde vivir. Lógicamente, no para explotarlos, sino para llevar la sabiduría que hemos adquirido aquí, en la tierra. Para transformarlos (si esa posibilidad existiera) en otras fuentes de vida.
Mientras tanto, cambiemos todo lo que haya que cambiar; para que, vivir aquí sea apetecible para todos los hijos y los hijos de los hijos y los nietos de los nietos, por todo el tiempo, hasta donde alcance nuestra vista.